9 de febrero de 2016
4 de octubre de 2015
Las chicas tristes...
Hay chicas que tienen un halo de tristeza a su alrededor, y no pueden librarse de él aun y cuando no estén tristes. Simplemente está ahí. Flotando, rodeándoles. Como una presencia. Inevitable. Vigilante. Cuidando de que no sean demasiado felices para que cuando dejen de serlo, puedan soportarlo.
Y les hace tristemente especiales, casi bonitas. Les cubre de esa especie de fragilidad que parece alertar a quienes entran en contacto con ellas. Y les cuenta que tengan cuidado, que no les hagan demasiado daño y es cuando, por temor a hacerlo, huyen y entonces lo hacen.
Las chicas tristes son como una tarde de domingo. Son un poquito septiembre cada día. Y a veces hasta les gusta serlo. Melancolía a punto de estallar. Drama en una balsa que es a ratos azul. No les da miedo morir, porque ya lo han hecho antes. No confían en la suerte pero estiran las casualidades hasta una especie de magia que inventan para ellas mismas.
Y no pueden evitarlo pero sólo saben alimentar esa tristeza, porque están conectadas, es su fuente de energía. Su nueva droga.
Y es que son esas chicas que lloran cuando les dicen algo bonito, esas que te pueden hacer sonreír en bajito sin que sepas por qué. Y rozarte con media palabra. Porque las chicas tristes querrían tener mucho que decir, pero apenas dicen. E incluso a ellas les asusta.
Por eso, no pueden deshacerse de su halo de tristeza, ni reconocer en alto que necesitan algo. O a alguien. Porque quedarían demasiado expuestas a quiénes, pese a querer, no podrían hacer nada al verles entristecer. Sólo apagarse con ellas, en el limbo de una de sus medias sonrisas. Y ninguna de ellas querría eso para nadie.
Porque las chicas tristes en realidad, y esto es un secreto, no están tristes pero no saben cómo dejar de serlo.
Y les hace tristemente especiales, casi bonitas. Les cubre de esa especie de fragilidad que parece alertar a quienes entran en contacto con ellas. Y les cuenta que tengan cuidado, que no les hagan demasiado daño y es cuando, por temor a hacerlo, huyen y entonces lo hacen.
Las chicas tristes son como una tarde de domingo. Son un poquito septiembre cada día. Y a veces hasta les gusta serlo. Melancolía a punto de estallar. Drama en una balsa que es a ratos azul. No les da miedo morir, porque ya lo han hecho antes. No confían en la suerte pero estiran las casualidades hasta una especie de magia que inventan para ellas mismas.
Y no pueden evitarlo pero sólo saben alimentar esa tristeza, porque están conectadas, es su fuente de energía. Su nueva droga.
Y es que son esas chicas que lloran cuando les dicen algo bonito, esas que te pueden hacer sonreír en bajito sin que sepas por qué. Y rozarte con media palabra. Porque las chicas tristes querrían tener mucho que decir, pero apenas dicen. E incluso a ellas les asusta.
Por eso, no pueden deshacerse de su halo de tristeza, ni reconocer en alto que necesitan algo. O a alguien. Porque quedarían demasiado expuestas a quiénes, pese a querer, no podrían hacer nada al verles entristecer. Sólo apagarse con ellas, en el limbo de una de sus medias sonrisas. Y ninguna de ellas querría eso para nadie.
Porque las chicas tristes en realidad, y esto es un secreto, no están tristes pero no saben cómo dejar de serlo.
6 de septiembre de 2015
Babel
Una vez conocí a un hombre que sabía callarse en más de cien idiomas.
Nunca he vuelto a aprender tanto de alguien.
Nunca he vuelto a aprender tanto de alguien.
15 de agosto de 2015
Del abandono.
Le recordaba a esa belleza que esconden los lugares abandonados. Esa especie de fuerza silenciosa que parece llevar siglos estallando.
Como si la naturaleza se hubiera convertido en un exquisito cadáver.
A esa calma tensa. A esas fábricas medio derruidas inundadas de hierros oxidados, a vías de tren escondidas por ramas salvajes. A esas casas abandonadas con verjas y ventanas rotas que han brotado en mitad de frondosos matorrales.
Como si la naturaleza quisiera apoderarse de lo que nosotros decidimos dejar.
A esos parques descuidados que bien podrían pasar por antiguos cementerios. A las grietas y frescos descoloridos de aquellos edificios históricos. A esos pueblos fantasma dejados caer en mitad de alguna carretera pero en los que aún puede oírse, si se escucha bien, la rutina que algún día lo silenció. A ese aire enrarecido y que no refresca. Que casi ahoga.
A esa energía que se quedó allí, atrapada en todos esos lugares. Enmarcando el momento exacto en el que fueron abandonados.
Como si la naturaleza quisiera apoderarse de lo que nosotros decidimos dejar.
A esos parques descuidados que bien podrían pasar por antiguos cementerios. A las grietas y frescos descoloridos de aquellos edificios históricos. A esos pueblos fantasma dejados caer en mitad de alguna carretera pero en los que aún puede oírse, si se escucha bien, la rutina que algún día lo silenció. A ese aire enrarecido y que no refresca. Que casi ahoga.
A esa energía que se quedó allí, atrapada en todos esos lugares. Enmarcando el momento exacto en el que fueron abandonados.
Esa belleza de lo inhabitable, de la tierra estéril y hostil que nunca dará ningún fruto. Esa belleza de haber sobrevivido a una guerra. Esa belleza de algo vivido. Y después, dejado morir.
Era naturaleza. Muerta.
Era naturaleza. Muerta.
20 de julio de 2015
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