15 de agosto de 2015

Del abandono.

Le recordaba a esa belleza que esconden los lugares abandonados. Esa especie de fuerza silenciosa que parece llevar siglos estallando.

Como si la naturaleza se hubiera convertido en un exquisito cadáver.

A esa calma tensa. A esas fábricas medio derruidas inundadas de hierros oxidados, a vías de tren escondidas por ramas salvajes. A esas casas abandonadas con verjas y ventanas rotas que han brotado en mitad de frondosos matorrales.

Como si la naturaleza quisiera apoderarse de lo que nosotros decidimos dejar.

A esos parques descuidados que bien podrían pasar por antiguos cementerios. A las grietas y frescos descoloridos de aquellos edificios históricos. A esos pueblos fantasma dejados caer en mitad de alguna carretera pero en los que aún puede oírse, si se escucha bien, la rutina que algún día lo silenció. A ese aire enrarecido y que no refresca. Que casi ahoga.

A esa energía que se quedó allí, atrapada en todos esos lugares. Enmarcando el momento exacto en el que fueron abandonados.

Esa belleza de lo inhabitable, de la tierra estéril y hostil que nunca dará ningún fruto. Esa belleza de haber sobrevivido a una guerra. Esa belleza de algo vivido. Y después, dejado morir.

Era naturaleza. Muerta.


20 de julio de 2015

Detestaba a la gente triste.
Pero ella siempre lo estaba.
Y quizás,  por eso,  aprendió antes a odiarse que a quererse.

4 de julio de 2015

30 de junio de 2015

Sabor. Saber.

El sabor del pánico era exactamente el de aquellos primeros segundos en que eres consciente de que el futuro ya no existe.

3 de abril de 2015

Haciendo tiempo

Ella no era de hacer tiempo entre trozos de vida.
Ella era más de deshacerlo. 
Desmigajarlo y ver sus restos en la palma de la mano. Y luego soplar. 
Fuerte. 
Y olvidar qué había hecho de él. Y no volver a pensarle. 
Y enterrarlo a carne viva.
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