Poder contar con alguien.
Hasta el infinito.
Aunque no recordéis ni un sólo número.
Eso era el amor.
11 de diciembre de 2014
Numerología
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literatura
29 de noviembre de 2014
Aunque quieran
Alguien dijo que a veces a la vida se le escapa un milagro de las manos. Y tú fuiste mi milagro. Y mis manos. No porque me salvaras sino porque nunca lo hiciste, ni lo prometiste. Porque me enseñaste a no necesitarlo. Y a bailar aunque me sintiera pequeña.
Lo que no dicen es que te tuve que querer por miedo. Miedo a que tú ya no lo hicieras. A que pudiéramos volver a soportar nuestras miradas sin acabar sonriendo. ¡Y qué feo eso! A que dejaras de abrazarme. O a que ya no me tocaras ni riñeras por mi enredado pelo. Que dejáramos de ser nosotros y sólo fuéramos cualquier ellos. Miedo a seguir durmiendo juntos y despertar separados. A ya no más contar el tiempo en canciones.
Y fuiste mi milagro porque me despertaste, porque querías que yo nos quisiera, sobre todo a mí. Incluso más que yo. Porque eras lo contrario a lo que decías, y por supuesto, al amor. Y debes saber que a veces a la vida no se le cuelan más milagros. Y que quizás yo también fui el tuyo. Aunque nunca lo creyeras. Puede que los demás no sepan la distancia a la que tienes el corazón, ni lo invisible que parece. Pero yo sí. Igual que hay quien no sabe llegar y sacarnos de golpe todas las sonrisas atrapadas. Aunque quiera. Ni provocar esa sensación de qué sé yo, ese deseo nada sutil e impropio de mí, de querer acurrucarme entre tus brazos y quedarme ahí a vivir. Las veces que sean. Fuimos un milagro. Y los milagros no existen. Aunque a veces a ellos se les escape la vida entre las manos.
Lo que no dicen es que te tuve que querer por miedo. Miedo a que tú ya no lo hicieras. A que pudiéramos volver a soportar nuestras miradas sin acabar sonriendo. ¡Y qué feo eso! A que dejaras de abrazarme. O a que ya no me tocaras ni riñeras por mi enredado pelo. Que dejáramos de ser nosotros y sólo fuéramos cualquier ellos. Miedo a seguir durmiendo juntos y despertar separados. A ya no más contar el tiempo en canciones.
Y fuiste mi milagro porque me despertaste, porque querías que yo nos quisiera, sobre todo a mí. Incluso más que yo. Porque eras lo contrario a lo que decías, y por supuesto, al amor. Y debes saber que a veces a la vida no se le cuelan más milagros. Y que quizás yo también fui el tuyo. Aunque nunca lo creyeras. Puede que los demás no sepan la distancia a la que tienes el corazón, ni lo invisible que parece. Pero yo sí. Igual que hay quien no sabe llegar y sacarnos de golpe todas las sonrisas atrapadas. Aunque quiera. Ni provocar esa sensación de qué sé yo, ese deseo nada sutil e impropio de mí, de querer acurrucarme entre tus brazos y quedarme ahí a vivir. Las veces que sean. Fuimos un milagro. Y los milagros no existen. Aunque a veces a ellos se les escape la vida entre las manos.
Y tú, fuiste, un rato, la mía
17 de noviembre de 2014
10 de noviembre de 2014
2 de noviembre de 2014
14 de septiembre de 2014
Pesadilla
No sé si recuerdas aquella noche que tuve tanto miedo. Aquella que como una niña, con su camisón y cabizbaja, llegué hasta ti llorando, y pidiendo que me dejaras dormir contigo. Aunque me conformaba con que me dejaras estar allí mientras no dormía. Y tú me preguntaste que si había tenido una pesadilla, y yo te dije que sí. Que todas. ¿La recuerdas? Creo que te conté que había soñado con una habitación llena de tiburones, con sombras que me perseguían en la oscuridad y fantasmas que no me dejaban nadar. Pero yo nunca recuerdo lo que sueño. Tú me abrazabas para hacérmelo olvidar, mientras yo pensaba que cómo ibas a curarme de ti. Y de mi suerte. Y de la tuya. Y cuánto más me calmabas, más me enfurecía por dentro hasta llegar a sentir claustrofobia en mi propia piel. No temblaba de frío. No quería que fueras a por otra manta. Sólo era mi mente que luchaba por escapar de aquel nosotros que estábamos destruyendo. Pero sobre todo, porque no quería que te separaras de mí ni un latido. Y tú, a veces parecías tampoco quererlo. ¿La recuerdas?
Y a partir de entonces, no estoy orgullosa de nada de lo que hice. Yo ya no quería quererme, sólo quería que lo hicieras tú. Me daban igual los tiburones, ni las heridas y la sangre. Me daba igual perderme o que se me cayera el mundo encima, me daba igual ser sólo de huesos y vacío. Porque yo sólo quería que volvieras a por mí, aunque para ello tuviera que andar descalza sobre cristales rotos y beberme todo tu veneno. Y tú abriste los ojos justo cuando estaba a punto de hacerlo. Viste que yo no dormía, que no era frío ni pesadillas y me sentí desnuda ¿La recuerdas ya? Me levanté y me fui. Con toda la elegancia con la que alguien puede ocultar que necesita a otro alguien demasiado. Y nunca me dijiste adiós. Solo un “Cierra al salir”. Si se nos dio mal el principio, imagina un final. Y por eso siempre supimos que no íbamos a tener uno
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